Indio Solari 1949-2026
Retrato de su yo comiquero.
Empiezo esta reflexión con una foto. Indio Solari está tirado en el piso, rodeado de revistas. Tótem. El Víbora. Metal Hurlant. Comix Internacional. La pose es ananda balasana, el bebé feliz del yoga. No es una pose de rockstar. Es alguien que encontró exactamente su refugio, en el piso, entre su colección de revistas, con cuarenta y pico de años y sin ninguna intención de crecer del todo.
Eso es lo que tiene la historieta. Es junto al rock, ese arte que te permite desarrollar una intelectualidad de adulto sin soltar la infancia. Leerla siempre tuvo algo de clandestino, de placer que el mundo “serio” no termina de aprobar.
Miro esa foto, y en este día triste, me reencuentro con la entrevista que le hace Enrique Symns para Cerdos y Peces en diciembre de 1986. Cuenta la nota que Enrique Symns llega a lo de Indio Solari con un grabador. Hay asado. Hay whisky. Están escuchando Oktubre, que acaba de salir. En algún momento de esa tarde, entre el humo y la música, Indio Solari dice algo que me quedó clavado desde que lo leí: “Vivimos la ficción a través del comix y del cine”. Chan. No dice historieta. Tampoco comic. Dice comix, con x. Para el que no lo sabe, esa letra cambia todo. Comix con x es el idioma del underground, es la contraseña de una tribu que entendía la viñeta como un arma revolucionaria, algo que dejaba de ser solamente un entretenimiento para chicos. Indio Solari usaba esa palabra porque sabía exactamente de qué estaba hablando.
Antes de ser el cantante de Los Redonditos de Ricota fue, en ese orden, dibujante, estudiante de Bellas Artes, trabajador en artes gráficas, y como puede apreciarse en la foto, lector compulsivo de historieta adulta. El ojo que construyó el universo ricotero con los personajes grotescos, las ciudades en ruinas, los mutantes y la tecnología que aplasta, sin dudas se formó entre viñetas de revistas españolas de antologías.
Para entender de dónde salió el universo narrativo de Indio Solari hay que hacer un ejercicio que la crítica rockera casi nunca hace: mirar esas revistas. No las revistas de música. Las de la foto.
En la Argentina de los 80, mientras Los Redonditos de Ricota construían su mitología en el underground porteño, circulaba por los kioscos y librerías de Corrientes un material que llegaba de saldo desde España: revistas de historieta adulta que habían tenido su auge en la península ibérica durante los 70 y que llegaban acá con meses o años de retraso, en contenedores, desperdigadas, muchas veces sin los números que completaban las historias. No importaba. La gente las compraba igual. Las perseguía.
Tótem. 1984. El Víbora. Comix. Metal Hurlant. Cada una era un mundo aparte pero todas compartían una visión del futuro que no era optimista. Nada de simple space opera o superhéroes sin fisuras. Lo que traían esas páginas era distopía, marginalidad, tecnología que aplasta al ser humano, ciudades que se pudren desde adentro.
Moebius dibujando desiertos de ciencia ficción donde la civilización ya colapsó. Los autores del underground norteamericano como Crumb, Shelton y Spiegelman, contando vidas de perdedores con una honestidad brutal. El Víbora capturando la Barcelona del caballo (heroína), y la juventud que no tenía nada que perder porque nunca tuvo nada que ganar.
Roberto Barreiro, lo dice con una precisión que no tiene vuelta: “La música de los Redondos es la banda de sonido perfecta para leerte una Fierro o un Víbora. Creo que la mirada del cómic de los 80 y la mirada de los Redondos, sobre todo en sus primeros años, tienen muchas conexiones. Es sobre el mundo que se viene peor, una mirada bastante medianilista, una sensación de que veníamos del desierto y del horror, y que estábamos sobreviviendo. Éramos los sobrevivientes para los que estaban hechas las historietas de la Fierro.”
Sobrevivientes. Eso hacían esas revistas. Eso hacían las letras de Indio Solari.
Pensemos en “Divina TV Führer”, del Oktubre del 86: un totalitarismo mediático descripto como si fuera una viñeta de ciencia ficción europea. Pensemos en los personajes habituales de Indio, personas al margen, pequeños criminales, existencias que el sistema descarta, esos desangelados que podrían haber salido de cualquier historia del Víbora barcelonés sin que nadie notara la diferencia. Pensemos en Último bondi a Finisterre, el disco de 1998 donde Los Redondos abrazaron el ciberpunk con samplers y sonidos industriales, y la tapa mostraba a los músicos estilizados como personajes de comic.
Barreiro habla de zeitgeist, de un espíritu de época compartido sin que nadie se hubiera puesto de acuerdo. No hay una influencia directa que se pueda probar con un documento o una declaración más que la foto. Dos lenguajes distintos, la viñeta y la canción, que en la Argentina posdictadura estaban diciendo exactamente lo mismo. Que el futuro que se venía no era una promesa. Que había que leer entre líneas para sobrevivir. Que la distopía no era ciencia ficción sino descripción del presente, y sobre todo, del futuro.
Volvemos a esa nota en Cerdos & Peces.Indio Solari le dice algo a Symns que suena como el guión de una historieta de Metal Hurlant: “De prosperar en el tiempo este orden sistémico en el que vivimos, la personalidad más apta para la supervivencia es el psicópata. Quizá los psicópatas sean la desgraciada vanguardia de un nuevo sistema nervioso, aquel que va a poder soportar las rígidas tensiones del orden sistémico.”
Es un preciso diagnóstico de futuro. Exactamente el tipo de imágenes que poblaban las páginas de las revistas que vemos en la foto. Los personajes del underground, al igual que aquellos que pueblan las canciones de Indio, son tipos que habían encontrado la manera de funcionar en un mundo que no estaba diseñado para que funcionaran.
El título de la nota en Cerdos & Peces era “Los psicópatas serán los hombres del siglo XXI”. Salió en diciembre de 1986. Faltaban catorce años para el siglo XXI.
Germán Tolosa, un personaje importante de la comunidad comiquera, nunca fue fanático de Los Redonditos de Ricota.
Y sin embargo. Ayer cuando Indio Solari murió, Germán escribió algo que vale más que la mayoría de los obituarios que circularon ese día. Lo escribió en su Facebook, sin pensar demasiado en que alguien lo iba a leer más allá de sus amigos. Dice así: “Con el Indio tuve quizá la mayor empatía y sensación de cercanía con un músico que pude haber tenido, y mi forma de verlo o, mejor dicho, de percibirlo, cambió alrededor de su enfermedad. No es la empatía habitual que se le tiene a un enfermo, fue ver en él a mi papá, que sufrió la misma enfermedad y falleció por ella. Primero, al saber de la enfermedad, la sensación de cercanía, pero fue más cercano aún cuando el Indio describió su tipo de Parkinson y era el mismo tipo que tenía mi papá. Y cuando el Indio hablaba y describía cosas de lo que le pasaba, veía lo que le había pasado a mi papá… Y las fotos, algunas en su casa, y más reciente en el estudio, en las que por como ponía o como tenía los brazos o cosas corporales visibles, que algunos decían ‘se lo ve bien’ y yo mirándolo y pensando ‘no, está grave’ porque yo ya conocía de eso, porque era como estar viendo a mi papá… Quizá el Indio entendió su frase de ‘vivir solo cuesta vida’ y vió que lo que enfrentaba no era vida.”
Hay algo en ese texto que la crítica cultural casi nunca logra: la prueba de que un artista llegó a alguien que no era su público. Germán no necesitaba a Indio Solari. No lo buscó. Pero Indio Solari lo encontró igual, por el camino más inesperado, no por una canción sino por una enfermedad, no por una letra sino por la manera en que ponía los brazos en una foto.
Indio Solari murió ayer, el 5 de junio de 2026. Tenía 77 años y el Parkinson lo había alejado de su lugar en el mundo, los escenarios, y con la misma lógica implacable que él mismo había descripto cuarenta años antes en la entrevista con Symns: al orden sistémico no le importa quién sos.
En algún lugar de su enorme casa quedó esa colección. Las revistas que llegaban de saldo desde España, desparejas, sin los números que completaban las historias, compradas en librerías de Corrientes por tipos que no sabían exactamente qué estaban buscando pero lo reconocían cuando lo encontraban. El mismo material que formó el ojo de una generación que procesó el horror de la dictadura y la decepción de la democracia con las únicas herramientas que tenía: la viñeta, la canción y el under.
Los sobrevivientes de las historietas de la Fierro. Eso son los personajes que caminan las canciones de Indio. Son los mismos, con el mismo miedo, la misma lucidez, y la misma actitud de bebé feliz tirado en el piso entre revistas, negándose a crecer del todo porque crecer del todo en este país siempre fue una forma de rendirse.
Si nunca leíste esas revistas, este es el momento.
Leelas con los Redondos de fondo.



Siempre me gustó esa foto, también en el libro "Fuimos reyes" se dice que el Indio leyó Zap comix de Crumb a principios de los 70. Una lástima que no pudo terminar su comic Delito Americano, dijo en una entrevista que prendió fuego el guión. (Corrección: ahi me fije y si se publicó Delito Americano pero no sé si sera la versión final porque parece más un libro ilustrado)
Una locura total tu nota, espectacular. Sabía del amor comiquero del Indio pero vos aportás muchas claves de lectura nuevas. Muchísimas gracias.
Con cero intenciones de autobombo, sino porque es un momento en el que al menos a mi me hace bien leer y escuchar de gente este tipo de cosas, queria comentarte que escribí una notita que también va en clave paternidad sobre el Indio. Si te dan ganas de leerla, solo de leerla, sería un honor. Abrazo grande!